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sábado, 27 de abril de 2013

Agustín E. Rodríguez - No por el clima



Sin referirse al clima, dijo:
--Mañana será un hermoso día.
Trescientos dos transcurrieron desde que, por primera vez, había oído hablar de él.

En la zona por la que frecuentemente transitaba, dejaba su huella y se esfumaba como el olor a combustión de su moto de alta cilindrada.
Estos trescientos dos últimos días fueron la causa de su desvelo. Varias oportunidades tuvo en que casi logró tener contacto con él, detenerlo. Pero tarde, quedaba sólo su huella.

De una jovencita obtuvo su descripción. Ahora nada ni nadie podría evitar ese encuentro.
Sucedió hoy, hace media hora.
Su fuente de información lo ubicó en la plaza detrás de la estación del ferrocarril. Un lugar que las parejas de adolescentes consideran íntimo.

Cuando llegó, justo estaba dejando su huella entre las sombras.
Se vieron, una navaja se mostraba amenazante sobre el cuello de la mujer.
Tras el alto, un disparo certero lo derrumbó.

La razón de su desvelo, su pesadilla, estaba ahí, muerta a los pies del Oficial Inspector Vinci.
Que sin referirse al clima, dijo:

--Mañana será un hermoso día.





Agustín E. Rodríguez -Y se fue ...



Sí, se fue. El cuatro a cero a los treinta y cinco minutos del segundo tiempo era un tanteador imposible de remontar.
Una pequeñísima luz asomó por la ventana del anhelo.
¡Penal!
Él ya había descendido hasta la primera bandeja estaba en el baño. Con la mini radio en el bolsillo y la fontopia en el oído izquierdo seguía las contingencias. Así supo que lo patearía Salgueiro. No había bajado la cremallera de entre sus piernas, la espectativa lo dominaba mientras el esfinter reclamaba urgentemente por incontinencia.
¡Goool... ! La ovación, el vibrar del cemento sepultó la voz del relator. Cuado gritó relajó el esfinter. A pesar de la destreza para desenfundar no pudo evitar sentirse incipientemente orinado. Algo tuvo que ver el cable del auricular en medio de la acción.
El cuatro a uno faltando diez minutos más el descuento, mantuvo el pesimismo que lo empujó hacia la calle. Los gritos alentadores de la parcialidad visitante con ¡Olee... ! Aumentaba su resignación, además... ése frío entre las piernas.
Rumbo hacia la parada del ómnibus cruzando la avenida: en el medio de ella, estalla en los oídos la voz estentórea del relator ¡Goool! Al tiempo que un coro de voces no provenientes desde el estadio, le hacían de fondo al chirriar de los frenos del camión a sólo cincuenta centímetros de su humanidad. Entre puteadas del chofer corrió hasta la vereda.
Cuatro a dos. Esta ves fue Maldonado quien no perdonó a una defensa confiada y sobradora. Se hacía posible el milagro pero el pesimismo no se rendía.
El comentarista desde su asombro, alentaba la reacción de un equipo casi sentenciado.
En la Parada del 98: esperaba y desesperaba. A siete minutos de desenlace, el relator advierte que el gato Pereyra tomó la pelota con peligro de gol: que nadie lo sale a marcar: dice que el arquero está adelantado y el Gato se dió cuenta: que sacó una bolea impresionante... la pelota vuela... el guardavalla la ve pasar, que va directa hacia el arco ¡ Ta... ta... ta... gooool! Y cuatro a tres.

Él subió al Colectivo como queriendo huir. Calculó que estarían en tiempo de descuento. Apagó la radio. El chofer hacía que se escuche la cumbia hasta en Colombia.
Al bajar se miró la zona de la bragueta aún húmeda. No necesitaba encender la radio, algo más que una expresión de deseo le latía en las sienes. Supo que la actitud cobarde de no hacer “el aguante” lo descalificaba como hincha.
Que si su equipo hubiese salido perdidoso o sacara un punto, eso no era lo relevante.
Hoy: ¡ él no aguantó y se fue!

No le sorprendió, es más, no le importó que al llegar a su casa, le preguntaran el por qué del regreso tempranero.
Soportó con vergüenza el resultado final.
En la página deportiva del lunes, durante el reportaje al chino García, autor del empate milagroso, sintió que irónicamente se lo había dedicado a él.

Al domingo siguiente perdieron seis a uno.
Se incorporó. Al irse, la tribuna quedó vacía.


Agustín E. Rodriguez -No todo es como parece

La puerta vidriada en la que con letras doradas señala: Producciones Fénix, cedió y se cerró detrás de ella a la hora que fue citada.
Romeo Levi, arrellanado en el sillón de terciopelo verde de espaldas a la puerta, hacía imposible que desde allí se captara algo de su cuerpo. Sólo cuando él lo hizo girar sobre su eje, Laura Forwel tuvo ante sí a un ser minúsculo, ni sus pies llegaban hasta el suelo. Ella contuvo como pudo los músculos faciales que intentaban evidenciar una sonrisa.
Debió aguardar a que el hombrecito poderoso hojease el texto. Al fin dejó el habano para tomar la fibra roja de trazo grosero y, ante la mirada atónita de Laura, las formas geométricas de círculos y rectas atacaron palabras, frases y diálogos.
  • Mejore esto: dijo.
Se apagan las luces.
Apenas llegó a su Estudio, se entregó a la lectura y relectura de lo resaltado. Trató de concentrarse, de conectarse con esa idea. Así “escuchó” todas las voces de los personajes.
Laura Forwel delante de su computadora se halla absorta. Quizás el cansancio solapadamente ya esté elaborando su fusión con el sueño pues de vez en cuando el cabeceo la sobresalta.
Alguien tose.
Cada espacio se transforma, encierra a los personajes y los enfrenta a una realidad nueva.
Desde el Monitor hay quien se suma a la tarea. A ella en principio le pareció un extraño virus. Posteriormente tuvo que rendirse ante la evidencia inmediata de su error cuando, al tipear determinada situación, la pantalla le devolvió otras opciones.
Risas… carcajadas.
Los personajes mutan de intérpretes, ha incorporado un actor liliputiense cuyo guión es desopilante. La Comedia está yendo al ritmo del particular sonido de los caracteres al hundirse en el teclado.
Un gran ramo de rosas entre sus manos.
Los actores transitan por el Libreto “como peces en el agua”. Hasta el final.
Ovación… cae el telón.
La luz sobre la cabeza de Laura se torna invisible. La claridad prepotente del amanecer no encuentra resistencia por el ventanal que mira hacia el Este. Apenas un cortinado traslúcido herido se agita con la brisa.
El telón vuelve a abrirse… aplausos y más aplausos.
Nos la está mostrando de espaldas a la puerta. En la cómoda silla tapizada de color verde y la computadora en reposo, como ella.
EL DIRECTOR Y PRODUCTOR DA UN PASO AL FRENTE, UN CORTO PASO DE ENANO… SONRÍE EL GENIAL HACKER.


Agustín E. Rodríguez -Los pecadores y yo




Él, estará sentado escuchando. Los bendecirá.
Ustedes se santificarán aliviados.
Las cuentas del rosario ahora, serán recorridas por sus dedos tantas, tantas veces, que sangrarán pretendiendo hallar en un Braille místico la respuesta.
No sabrán quién les impide acabar con sus rezos, zafar del contacto con las cuentas de ese rosario ya ensangrentado.
En el sendero hacia lo irreal, nada será normal ni razonable.
Lo acontecido quedará del lado de los cuerdos, desde allí, los que no soporten mi voz, buscarán el perdón en el confesionario donde él, estará sentado escuchándo. Los bendecirá.

Ustedes se … .


viernes, 26 de abril de 2013

Agustín E. Rodriguez -Víspera de una cita a ciegas



Desde este lugar la veré llegar.
Están restando cuatro minutos.
Observo al cable aéreo grueso negro dividiendo horizontalmente al sol anaranjado.
Tres minutos: El crepúsculo extiende las sombras hasta más no poder.
Dos minutos: Ahora el sol pende del cable.
Un minuto: Busco con la mirada ansiosamente.
Diez segundos: Mi nombre es mencionado casi en voz alta. Con un sí de aprobación giro.
Ella da tres pasos al frente ubicándose ante mí.
Estamos entrando al bar, las mesas con sus sillas dispuestas anárquicamente, hacen que ella deba desplegar un delgado bastón blanco.



Agustín E. Rodríguez -Siempre igual



¿Los ve a esos tres sentados a la mesa del bar? ¡Esos, allí en el rincón!
No importa, sígame, haga de cuenta como que está, pero no está ¿me entiende? y usted me dirá si son o no ingratos conmigo. Ni los sorprendo ni les importa mi llegada, fíjese. Lo único que les considero es esto, que siempre haya una silla vacía. Ellos dicen que son mis amigos pero me tratan como si fuese el cuarto. Como aquellos que en la partida de truco, lo tienen para sostener las cartas.
Si les pregunta a ellos sobre mí, los tres se pondrán de acuerdo, le dirán que soy un fabulador. Hágame caso, no los escuche. Es inútil tratar de convencerlos. Mas le digo, mis expresiones, son como pensamientos en voz alta, que con el murmullo y ruidos de cucharitas contra la cara interna de los pocillos, bastan para silenciarme, yo chito.
Con el que está sentado a mi derecha, fuimos compañeros en la escuela primaria. ¡Venía llorando hasta mi casa para que le resolviera los problemas de tres pasos! Está agrandado por lo del ascenso en la contaduría del banco de aquí a la vuelta. ¡Créame! éste, va a ir preso por marcar gente para que la roben.
El que está sentado frente a mí, sí ése, se dice su gran amigo y es el pata de lana que visita a su esposa. Yo chito.
Este otro, no labura, es un mantenido por la madre. El eterno adolescente. Es el que a veces me da un poco de bola. Me cree cuando le digo la hora.
¡Ah... eso sí! cuando llega el momento de pagar, todos se hacen humo.
¡Psss... ! ¡Mozo!.. ¿Cuánto es todo?
--¿Un café...? Quince pesos señor.

Agustín E Rodríguez -Devaluado

Se echó y quedó dormido, así siguió. Trató de incorporarse no sin esfuerzo. La resaca matinal, no recordó haberlo afectado tanto, salvo aquella vez en que al alcohol lo hubo combinado con droga. Durante el brindis de la noche anterior aquello no lo tuvieron acordado con Rita. Se preguntó porqué ella no estaba. Trató de llegar hasta el baño. Suspiró, fue cuando se inclinó que abrió en demasía sus piernas, atinó al manotazo, encontró de donde asirse. Se quitó los bigotes, se puso como antes, sin la barba. Volvió a mirarse. El espejo empañado disimuló el efecto aún obnubilado en sus ojos. Se sirvió de unas pantuflas estrechas que calzó con dificultad y volvió al dormitorio. Se puso un cigarrillo entre los labios. Cuando se sentó apoyó sobre las rodillas sus manos, se las miró y sonrió. Pensó:
nunca más sentirán el acero carcelario” . Sonó dos veces el clic del Monopol cromado accionado por el dedo pulgar derecho, aspiró profundamente, su pecho se elevó en tanto el humo contenido buscó urgente la salida nasal, quitó el cigarrillo con la mano izquierda, con la otra, registró el cajón de la mesita de luz próxima a él. Se puso de pie e hizo lo mismo con los de la cómoda. No halló su Magnum, se puso nervioso, luego resignado, trató de reflexionar,se puso en el lugar de ella. Allí se dio cuenta que la sociedad con Rita, fue tan falsa como sus promesas. Las de gozar ambos de los millones apropiados.

Él se quedó con el mérito por la gran estafa y en el Penal: con el reconocimiento de sus compañeros de celda.

Agustín E. Rodríguez -Cosas de mujeres

Por tantas guerras perdidas, el pueblo se había quedado sin hombres.
El género masculino se lo veía en los pocos niños sobrevivientes.
Para encarar el nuevo camino hacia la libertad, deberían sumar una cantidad de guerreros que les permitieran ganar la gran guerra, la última… la única.
Inútil fue intentar captar adictos a la Causa y los mercenarios no eran de fiar.

Al carecer de recursos, el misticismo fue ganando espacio. Consejeros, brujos y sanadores.
La más escuchada por lo centenaria y memoriosa fue Mamá Ohjú. Decía tener la fórmula, poder heredado de sufrientes antepasados.
Su arenga triunfalista pronto se devaluó al conocerse el alto costo para el éxito: la muerte.
Este hecho dio relieve al temple de esas mujeres que, obedientes, aceptaron el desafío.

Mamá Ohjú y Nona Lag, su madre – se le estimaba una segunda vida- partieron con rumbo decidido sólo por las dos ancianas, detrás: la legión de mujeres con edad para fecundar. Cientos de ellas.

Detuvieron sus carretas en formación circular cerca del bosque indicado. Allí, cada una adornó su espacio con el símbolo del “Hacedor de las Nueve Lunas”. El Rito nocturno sirvió para que el hechizo se encarnase en ellas.
Bajo ese influjo bajaron hasta la ciudad de Zawi. Dispersas, se dedicaron a la conquista de hombres jóvenes y fuertes.

A la mañana siguiente, Mamá Ohjú y Nona Lag eficientemente hacían su labor.
Abriendo el cuerpo sin vida de cada heroína y rescatando a su hijo.
Desde la vagina los hombres habían sido succionados por el útero hacia el vientre. Meta final de sus involutivos Seres.

Debieron aguardar dieciocho años.
Bien alimentados y adiestrados hasta el momento de la Gran Batalla. El ejército de Las Nueve Lunas, logró al fin su independencia.

A este relato, oído por varias generaciones, es posible que se le halle lo que es común en toda leyenda. Exageración.

En la ciudad de Zawi por ejemplo: es leyenda el hecho encriptado, nunca resuelto, de la desaparición abrupta de cientos de hombres.



Agustín E. Rodríguez -Detalle

Dicen que está maltratada. La cuestión será saber si lo que le sucedió ha sido: por débil o por muy delicada.
Sobre ella asomó un pequeño tajo cuando la espina se introdujo en el tejido, tuvo algunas puntadas. Aquella vez, la destreza de las manos en que quedó la salvó del desastre estético.
Ella era de la noche, con esos “toques” dorados se distinguía. No resultaba extraño que fuera observada.
Un día, su dueña dispuso que el aseo incluyera vapor y algún producto que a la luz del resultado, ha desencadenado éste conflicto.
Ella dice: que fue mal tratada, ellos: que el tiempo la había puesto débil. No faltó quien argumentara un origen delicado. El caso es que los de la tintorería no quieren asumir la culpa.


Agustín E. Rodriguez - Su nombre es Darío.

Su nombre: es Darío. Si les relatara lo que yo conocía de su persona hasta ayer, tendrían ustedes solamente la visualización de un anciano muy delgado, de aproximadamente un metro setenta. Con cabeza pequeña en relación al resto del cuerpo. Una poblada cabellera blanca, sín arrugas profundas en la cara. El aspecto vivaz en los ojos celestes y sonrisa amable les mentirían a quienes querrían estimar su edad.

Hasta ayer, sabía lo que saben los vecinos aquí en la cortada. Éste pasaje de apenas cien metros.
Hace poco tiempo que habita en la casa del pequeño jardín. Allí: pasa gran parte de día sentado en el sillón. Tan a mano del bastón como de un libro - ambos lo sostienen -.

Despierta mi sonrisa al pasar y verlo en la habitual postura relajada, con las rodillas separadas como si desplegace un bandoneón ausente.

Hasta ayer, les hubiere relatado esto y quizás algo más, pero no lo suficiente. ¿Por qué?

Porque hoy, Don Darío ha recibido la visita del Intendente, del Ministro de Educación de la Pvcia. y Medios locales. Estos querrán saber todo de su vida como educador.
El profesor Darío Botta está cumpliendo cien años.
El Pasaje llevará su nombre.
Serán cien metros por una historia sí cortada.