lunes, 15 de julio de 2013

Rita Berté - Atila


Al nacer, sus padres lo llamaron Atila, pero ese nombre no congeniaba con el carácter del niño. Éste tenía la mirada triste y vergonzosa siempre dócil,  como cargando en sus espalditas una angustia etérea,  inseparable compañía hasta bien entrada la adolescencia.
Intrigaba verlo en esa situación imperturbable, parecía  un pequeño con cara de adulto. Me cuestionaba respecto a ello, encontraba misteriosos todos los mecanismos que rodeaban sus movimientos.
Los padres trataban de disimular ese vacío, llenando de juguetes y ornamentos el cuartito de Atila. Festejaban con cierta discreción sus cumpleaños, pero  cuando fue su quinto aniversario, decidieron contratar un salón donde el papá actuó de mago, pero la integración lograda con los chicos invitados fue a media máquina.   
De improviso y sin solicitarlo de España, me llega un mensaje aclaratorio,” Atila es adoptado”
¿Pero cómo puede ser?,  vi a su madre embarazada  ¡Con una prominente panza a punto de parir!
Reitero la información, es de buena fuente, es adoptado.
“Sigo sin entender nada de nada” ¿Cómo puede ser que engañaron a casi  toda la familia? Alguien tiene que saber algo más o haber participado de un pacto de silencio.
Atila, de abanderado en la escuela primaria, pasa al abandono de la secundaria. Ahora todos estábamos más desorientados que antes.
Hasta que un conocido decide dar un paso adelante,  respecto de la incógnita que sobrevolaba sobre nosotros en ese momento, preguntándole a una tía abuela de Atila.
 ¿Atila, es hijo de Desaparecidos? Ésta se tomó su tiempo y suspirando respondió “Si, puede ser. Si, puede ser”.      


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