Pedro es un hombre robusto, tiene algo más de 50 años. El cabello cano
luce siempre revuelto. Su cara está surcada por profundas arrugas y los ojos
oscuros, casi siempre entornados, muestran una mirada huidiza que, sin embargo se
afila cuando algo le interesa. Sobre la cintura del pantalón gastado asoma un
abdomen prominente.
Pedro era pescador. Se levantaba muy temprano por la mañana para ir a
tirar las redes en la bahía con su barcaza, mientras María y Gabriel aún dormían. Tenía por costumbre pasar por la
taberna y quedarse bebiendo con otros pescadores y parroquianos con los que se
entretenía jugando a los dados; llegaba a su casa a la hora del almuerzo, después se acostaba a dormir un rato y luego volvía
a recoger la producción del día, que vendía en el muelle a vecinos y algún que
otro turista. Al fin de la jornada, camino a su casa, volvía a pasar por la
taberna donde dejaba casi toda su ganancia entre el alcohol y el juego.
Cierto día estaba en esta rutina, cuando Gabriel entró corriendo
después de haber buscado a su padre por los muelles; estaba muy agitado, pero
su cara denotaba más preocupación que cansancio. Ese día María amaneció con
fiebre, pero los mareos y el malestar no le habían impedido realizar las tareas
de la casa, por lo que no le dio importancia y cuando Pedro fue a almorzar ni
se enteró. Pero a lo noche su estado empeoró. Gabriel, con sus 12 años no supo
que hacer, más que ir corriendo en busca de su padre. María murió dos días
después presa de una elevada fiebre, sin atención ni medicamentos porque Pedro
había gastado todos sus ahorros en la taberna. Para el pescador la repentina muerte
de su mujer fue algo difícil de comprender, en lugar de compartir su dolor con
el pequeño Gabriel, prefirió encerrarse en el alcohol y, a partir de entonces, su
paso por el local se hizo cada vez más prolongado, dejando a su hijo a la buena
de Dios.
Nunca le prestó demasiada atención a su hogar, sólo iba a su casa a comer y a descansar en
medio de un revoltijo generalizado. Pero en la inmensidad del mar se sentía
verdaderamente libre: allí podía imaginar que pescaba la pieza más grande que
jamás nadie hubiera pescado en ese pequeño puerto del Caribe. Otras veces
soñaba que venían a contratarlo de importantes empresas navieras con las que
recorrería el mundo.
Lo cierto es que, al volcar sus canastos en el muelle, comprendía lo
pobre que había sido su jornada, entonces,
apesadumbrado se dirigía a la taberna y ahogaba su infortunio jugando y bebiendo
ron o escuchando, de cuando en cuando, historias que no eran las suyas.
Una mañana, en que se hizo a la mar para recoger la red que había
tirado la noche anterior, vio flotar en el lugar algunos tambores y tablones: los
observó por un rato y luego se dispuso a levantarla sin prestarles más atención. Al ir volcando su
contenido en el piso del bote notó con asombro que, enganchados en la misma, había
tres bolsitas confeccionadas de un cuero suave, cerradas en uno de los
extremos con listones del mismo material. Apresuradamente tomó una de ellas
apartando con las manos los pocos peces
que todavía se agitaban en el piso; buscó entre sus herramientas algo cortante
y encontró el cuchillo que utilizaba para limpiar el pescado. Con facilidad
logró desgarrar la bolsa, dejando caer cientos de pequeñas monedas. Con rapidez
se aprestó a abrir las otras y
comprobó con asombro que todas contenían lo mismo: Cientos de extrañas monedas.
El sol ya brillaba con toda su fuerza en lo alto del cielo cuando
decidió que su jornada había terminado y tal vez, porqué no, su vida de
pescador de corvinas. Cuidadosamente buscó entre sus pertenencias algún
recipiente donde esconder aquel hallazgo hasta pensar mejor que iba a hacer con
tantas monedas. Encontró un viejo abrigo, las puso en éste y lo escondió en un
rincón de la embarcación.
Al llegar al muelle desembarcó y ofreció su escasa mercancía que
rápidamente le sacaron de las manos. Pasó por la taberna, pero no se quedó
mucho tiempo, tenía algo muy importante en qué pensar y, además, temía que el
alcohol le soltara la lengua y dijese algo imprudente, poniendo en riesgo no
solo su reciente capital sino también su vida.
Saludó y se dirigió rápidamente a su casa, comió algo en soledad, ya
que rara vez se encontraba con su hijo y se acostó. La excitación lo tuvo un
buen rato despierto hasta que lo venció el cansancio y pudo conciliar el sueño.
Al cabo de un par de horas se despertó sobresaltado y empezó a dar vueltas por
la casa pensando cómo podría averiguar algo sobre aquellas monedas; si tendrían
algún valor, su antigüedad, procedencia y lo más importante: quién estaría
interesado en comprárselas. De pronto surgió el recuerdo de su esposa: tal vez
María, quién tenía algo más de preparación
que él, y que además era una persona razonable e inteligente, hubiese
podido ayudarlo a encontrar algunas respuestas.
Lo cierto era que, como él no sabía que hacer, decidió dar unas
vueltas por el pueblo; pero en realidad no encontró a nadie en quien confiar,
así que se dirigió directamente a la taberna. Para su sorpresa vio algunas
caras nuevas: dos hombres con aspecto de marineros, bastante rudos, sentados en
la parte más oculta del bar; desde allí observaban a todos los presentes y
también a los que iban entrando. Estaban callados, no hablaban entre ellos,
solo intercambiaban de vez en cuando algunas miradas mientras seguían
observando al resto de los parroquianos. A Pedro le corrió un escalofrío por
todo su cuerpo; pensó en salir corriendo, sin embargo se tranquilizó y decidió
sentarse junto a un grupo de pescadores que estaban en una mesa algo alejados
de aquellos extraños sujetos.
Al acercarse encontró al grupo conversando sobre el tema: parece que
estos hombres llegaron caminando por la costa y estuvieron haciendo algunas
preguntas sobre un naufragio, pero nadie hasta el momento había visto nada y,
por supuesto, desconocían el hallazgo de Pedro, quién se levantó en silencio y
salió de la taberna. Comenzó a caminar hacia el muelle pero notó que lo seguían
y trató de mantenerse a distancia. Apresurando el paso logró alcanzar su
embarcación, se introdujo en ésta y cautelosamente la desamarró. Estaba
dispuesto a poner a salvo su tesoro y se hizo rápidamente a la mar. Los dos
hombres llegaron corriendo hasta el borde del muelle y se quedaron mirando la embarcación
que se alejaba.
A salvo, Pedro tenía pensado comenzar una vida nueva, no debía
alejarse demasiado de la costa; tal vez otra ciudad más al norte ajena al
naufragio. En cuanto llegara buscaría un comprador, tal vez un coleccionista de
monedas antiguas o un banco.
Como nunca había salido de su pueblo natal, desconocía la geografía de
la región y sus escasos conocimientos de navegación solo le servían para
adentrarse un par de millas en el mar. Pero el entusiasmo lo llevó más lejos,
navegó dos o tres horas sin darse cuenta de que se alejaba de la costa. Había
olvidado cargar combustible y las pocas reservas que tenía le alcanzaron para
seguir dos horas más. Ya mar adentro y con el bote a la deriva se desató una
tormenta con fuertes ráfagas de viento. Era noche cerrada. Las olas superaban
la altura de la cubierta y bamboleaban la embarcación. No lograba mantener en
dirección la proa; trató de sujetarse para no caer al mar mientras veía como
todas sus cosas se deslizaban hacia el agua. Si se soltaba él también iba a ser
devorado.
Por primera vez rezó. Pidió por su vida. Vio como el bote se iba
partiendo en pedazos, comenzando a dar una vuelta de campana. Soltándose logró
sostenerse de un tambor que se alejó rápidamente llevado por la corriente. Se
aferró con todas sus fuerzas mientras era golpeado por los tablones y cajas que
flotaban por todos lados; agotado perdió el conocimiento.
Lo despertó el graznido de las gaviotas que revoloteaban sobre una
playa. Todavía aturdido por los golpes y el cansancio logró levantar la cabeza.
El sol comenzaba a asomar en el horizonte.
margaritae_rod@yahoo.com.ar

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