Germán despertó temprano esa mañana, la noche anterior había
dejado el bolso preparado en el living. Encendió el televisor, preparó el
desayuno, puso en la mochila los lentes, la cámara de fotos y el celular.
Mientras tomaba el café se enteró del estado del tránsito. Los días previos, la
autopista estuvo congestionada a causa del recambio turístico, pero el domingo
pintaba tranquilo, por lo menos para la ida. Cerró el departamento de Núñez con
llave, se dirigió a la cochera, puso el Gol en marcha y partió hacia Gesell.
Allá lo esperaban sus amigos.
Pilar ayudaba a sus padres a terminar de empacar, acomodó los
alfajores en un bolso. Estaba bronceada y con el ánimo renovado después de unos
días espléndidos en Mar del Plata.
Lamentó no poder disfrutar de unas horas más de la playa. El lunes debía rendir
un examen muy importante, por eso decidieron partir temprano. La ruta estaría
congestionada por ser domingo y el trayecto a Resistencia era muy largo.
Revisaron el departamento por si quedaba algo sin guardar, bajaron los bolsos y
subieron a la Ford Ranger. Ella se acomodó atrás con su hermano.
Facundo dispuso las últimas cajas de huevos en el piso de la
chata. También la máquina que le había encargado su padre para reparar, quien
lo esperaba en el pueblo. Ya había hecho dos viajes y luego de este, pensaba
dejarle la camioneta y quedarse en la casa de su novia. Esa noche de carnaval
había baile en el club. Apuró el último mate que le alcanzó su madre y se
despidió. El sol brillaba bien alto en el cielo. Al acercarse a la ruta un
monte de álamos le dio la bienvenida, y
apretó el acelerador para ganar tiempo.
El encuentro fue terrible. El micro que precedía a la Ranger
pasó a escasos segundos por la
intersección. Otro auto que iba a la par de ésta, del lado de la banquina,
salió de la ruta con una brusca maniobra, pero la Ford no pudo evitar la
colisión y ambos vehículos, en un abrazo infernal fueron arrastrados hasta la
mano contraria en el momento exacto en el que el Gol aparecía, incrustándose de
lleno contra la puerta lateral de la chata.
La madre de Matías rezaba arrodillada en la capilla de una clínica
de Mendoza. Las horas de su hijo estaban contadas. Dado los últimos desenlaces,
los médicos pidieron al INCUCAI que lo colocaran primero en las listas de
emergencia. Ella no sabía si al día siguiente vería a su hijo con vida. En la
semipenumbra del recinto, una voz en su interior le decía que no perdiera la
esperanza, cuando el sonido del celular la substrajo de sus oraciones. En la
tenue luz de la pantalla leyó: “Un corazón para Matías ya está en vuelo hacia Godoy
Cruz”.

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