Cuando volví del banco y estaba por entrar a mi casa, sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Hice un esfuerzo sobrehumano para disimularlo y respiré hondo antes de abrir la puerta. Con 35 años de matrimonio sabía lo que me esperaba.
- ¡Juan!, ¿qué te pasa?
-Nada, el tránsito…insoportable.
-¡Uy, estás empapado! Date una ducha antes de comer.
Ocultarle la situación a mi mujer se me hacía difícil,
pero quería evitar a toda costa el clásico “te lo dije” que ya empezaba a
retumbarme en los oídos.
Y aunque los fideos con boloñesa se veían apetitosos,
no llegué a tocarlos, esperando que la fiera atacara de una vez por todas.
- ¿Y?
- Se me cerró el estómago.
- Juan, para que no quieras comer, algo grave te está
pasando.
- La calle es un infierno, tengo un golpe de calor,
eso es todo-.Trataba de sonar natural, pero ni yo me reconocía la voz.
Ella siguió comiendo en silencio, pero no se
conformó, claro.
-Tenés una sobrecarga de trabajo ¿Jorge no volvió
todavía? Ése sí la pasa bien. Pero me parece que hay algo más, te conozco.
-…
-¡Juan!
Al final terminé en la guardia, con la presión por
las nubes y la cabeza que casi me estalla.
No le pude ocultar al médico los motivos de mi
nerviosismo y Alicia reaccionó como esperaba: “Yo sabía que tu socio no era
trigo limpio…”
Por suerte me aplicaron un tranquilizante y no llegué
a escuchar el resto.
Jorge había usado la plata de nuestra cuenta para pagar
sus deudas de juego. Era un adicto irrecuperable, pero tenía sus códigos,
porque me vino a visitar al sanatorio cuando se enteró. Necesitaba desahogarme
y lo puse en su lugar, aunque no sirviera de mucho. Le dije todo lo que tenía
para decir, o casi.
Pero a Alicia… no le pude decir nada.
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