jueves, 30 de mayo de 2013

Rita Berté - Sólo soy una simple lucarna

                                                      

No sé si agradecer mi existir al azahar o a la simple razón de que me hayan incluido en el proyecto de construcción de esta casa. Jamás se me había ocurrido pensar cuando me instalaron para darle luz y aireación al altillo, que entraría en los  pensamientos y seria el personaje de algún escrito de la dueña. Siempre estuve aquí arriba, abandonada, donde hasta se les olvidó lustrar mi madera, quizás más de una vez la  única compañía que tuve fueron arañitas, estar cubierta de polvo, castigada por las inclemencias del tiempo. Cada rayo de sol que entra por mis rendijas, tal cuerda de un violín  tocando suaves y dulces melodías como regalo celestial, me ayuda a vencer el tedio y la monótona igualdad de todas las jornadas.
El viento me hace cosquillas, su ulular me advierte que una tormenta está llegando, de golpe todo se oscurece, un nuevo Pampero está nuevamente aquí, primero viento sucio golpeando mi cara, con todo lo que puede llegar a volar; luego las primeras gotas comienzan a lavarme, a continuación quedo enceguecida por un rayo de luz que estalla en mis sentidos. Tengo sentimientos encontrados, deseando volver a ver la claridad, deberé esperar varias horas antes de disfrutar nuevamente del sol. 
Nadie pensó que desde aquí en lo alto, controlo y observo la entrada de todos los habitantes a la vivienda, ya sea rebosantes de alegría o con cara de pocos amigos por alguna preocupación a cuestas. O verlos llegar  cansados,  quizás nerviosos y observando hacia todos lados, como queriendo descubrir fantasmas entre las peligrosas sombras debido a lo avanzado de la noche, nadie en la calle y presurosos a cerrar la puerta.
Desapercibida en el papel que cumplo como  vigía de un barco ante un naufragio o el faro indicador a transeúntes de que no se puede entrar sin tocar el portero y que luego de recibir la autorización les dan  la entrada triunfal.
Veo pasar parejas haciéndose arrumacos, niños traviesos tocar el portero y saliendo impelidos a toda velocidad antes de ser descubiertos, a los vecinos dirigir miradas al jardincito con  flores, autos dejados mal estacionados por sus conductores frente a la salida del garaje, obreros caminar somnolientos rumbo a las fábricas, con un rictus de frustración diaria en sus rostros. Desde aquí todos los humanos parecen empequeñecidos. 
Estaba absorta en disquisiciones filosóficas cuando me estremecí toda, ante el tronar de la tropilla de chicos subiendo las escaleras rumbo al altillo en el que ocupo el sitial irrelevante al exterior. Se inauguraba dentro de mi ámbito una biblioteca para los menudos. los anaqueles de las estanterías rebosaban de volúmenes con atractivos títulos para los mayorcitos y para los pequeñines. Qué agradable fue empezar a tener compañía casi todos los días, ya que la abuela se hacía cargo de ellos, mientras sus mamás trabajaban. Entonces subían, se tendían sobre las camitas y consultaban la PC que el abuelo les instaló a mi lado.
Fue así como comenzó una etapa de gran algarabía, positiva para los chicos y por supuesto para mí también, empecé a sentirme por fin útil. Me abrían para  querer ver la calle, dejar entrar y seguir con su curiosidad los rectos rayos de luz hasta terminar en el piso; gritar a  los  desprevenidos transeúntes, verlos utilizar la PC instalada allí para ellos... 
También  he sido testigo año tras año de Navidades y Años nuevos, tener la dicha de que me abran y  ver cómo disfrutan todos amontonadas como un puñado de miradas dirigiéndose al cielo, cruzado de destellantes fuegos de artificios que estallan en variedad de figuras y colores, globos errantes, cañas voladoras. Cómo extrañaré cuando ellos crezcan, hasta pude escuchar el pequeño latido de sus infantiles corazones, de la enorme emoción que los embriaga...
Lucarna que tanto sabes y de a poquito me vas ayudando a desenredar la madeja de emociones, acontecimientos y secretos tan apretadamente guardados, cuando mis nietos durmieron por primera vez en las camitas custodiadas por vos ¿los viste tristes? ¿Con miedo? ¿Lloraron? ¿No se animaron llamarme o quedaron inmediatamente dormidos luego de besuquearlos, contarles un cuento y despedirlos? ¿O se quedaron haciendo festejos por cortar el último cordón umbilical con sus papis y abuelos? Habrán visto llegar a los duendes de la oscuridad y vos les contaste un relato hasta que quedaron rendidos y emocionados de ser cómplices tuyos.
¿Te habrás asustado mucho la primera vez que te iluminaron terroríficos látigos de fuego de algún relámpago? ¿Te habrás sentido abandonada ante la persistencia de alguna interminable y terrible tormenta de verano con granizada? 
Pero recuerda que has servido de confesor de angustias en algún momento de pérdida familiar, me viste llorar mirando el estrellado cielo a través de tus rendijas, se me heló la cara golpeada por el  viento, pero me mantuve despierta meditando en mi dolor y la calma retornó nuevamente a mi espíritu.
Lucarna de desencuentros familiares, de desbordante alegría, de angustias reprimidas, de nostalgias por pérdidas; cada día que pasa estás un poco más cerca mío, siempre serás mi compañera aunque nunca antes te lo haya dicho.
    

lunes, 27 de mayo de 2013

Raquel Mizrahi - Locos de ira

                                             



Como todos los viernes, el licenciado Ramiro Méndez, especialista en terapias grupales, los recibe en su casa.
Sobre la gran mesa del comedor están dispuestas las tazas a la espera del humeante café que iniciará la sesión.   
Cuando los pacientes y el terapeuta se ubican en sus respectivos lugares, hace su ingreso la empleada para servirlo. Realiza el trabajo cuidando los mínimos detalles, pues desea evitar cualquier accidente inoportuno. Se llena de pavor con sólo recordar la última vez que derramó café sobre el mantel. Para colmo, el secreto profesional al que está obligada le impide contar las cosas que allí suceden.
Adela tiembla cuando al cerrar la puerta, oye desde la cocina  los primeros golpes en la mesa. Sabe que no es más que el principio de una sucesión de gritos e injurias que ellos se intercambiarán buscando liberarse de la furia semanal contenida.
Porque como pudo escuchar en innumerables ocasiones, el licenciado Méndez les aconseja reprimir los impulsos negativos hacia las  personas del “mundo exterior”, tratando de guardarlos en una “caja blindada” para volcarlos luego durante sus encuentros, ya sin reservas ni necesidad de contención. De esta forma lograrían cada vez un mayor dominio ante los estímulos que generan sus ataques de ira.
Aprovechando los efectos excitantes de la cafeína, comienzan la ronda catártica: un gesto, una palabra, por insignificantes que parezcan, podrán desencadenar reacciones impensadas quizás para el resto de los mortales. Pero ellos, acostumbrados como están a esa atmósfera hostil, darán rienda suelta a insultos y puñetazos  bajo la experta dirección del “loco Méndez”, apodo con el que lo señalan sus colegas.

Así es como cada viernes por la noche, al finalizar el encuentro, los vecinos ven salir de la casa a diez personas de rostro afable, que saludan y ceden el paso a quienes se cruzan en su camino.

sábado, 25 de mayo de 2013

Rita Berté - La pulpería del cruce

                                             
Si bien era un almacén de ramos generales, había heredado de la época colonial características físicas y funcionales de una auténtica pulpería,  en el medio del cruce de la ruta Provincial Nº 142 con la Municipal Nº 88.
Antes de que cayera sobre ella cada  atardecer, su barra se llenaba de parroquianos en  busca de consuelo a sus desgarradoras e inmutables situaciones  laborales, explotados la mayoría de ellos por los endurecidos terratenientes locales. Éstos no encontraban consuelo a sus desgracias, ya instaladas en esos  cuerpos  que parecían desfallecientes entes incapaces de seguir soportando la pesada carga de sus  osamentas. Sus manos, casi siempre callosas y arrugadas de tantos embates diarios,  llenos  de una agobiante monotonía,  no llegaban siquiera a cambiar con la llegada de las primeras golondrinas viajeras.
Lo mejor de sus vidas era reencontrarse con los otros peones  en el almacén, tomarse de golpe el primer vaso de ginebra, sentir cómo el viscoso líquido corría por sus ásperas gargantas, decididos  a que el tiempo ocupara ese vacío profundo. En la medida que sus mentes se iban blanqueando, de golpe entraban  en trance a través  del  fértil terreno de la imaginación.
Pasar de la realidad a la irrealidad, era casi automático. Así comenzaba la ronda de relatos  de audaces gauchos, soldados, peleas a cuchillo y de difuntos  cuyas ánimas seguían peregrinando en busca de la tranquilidad de espíritu, penando a campo traviesa sin poder  reencontrarse  con sus respectivos dueños, o corporizarse en alguien que los adoptara y  al fin dejar de huir en ese eterno calvario al que estaban sometidas.
De golpe aparecía una luminiscencia en el fondo del oscurecido paisaje, que como un tembloroso cortinado en el cielo, cerraba la vista en la lejanía.Todos se persignaban, era como una habitual y anticipada ceremonia  en que comenzaban a entrecruzarse  tímidamente las miradas, no sabiendo si llegaría hasta ellos como en otras oportunidades, o continuaría su recorrido  en dirección opuesta.
Una tarde entró a la pulpería una  persona desconocida, portadora de  una clara palidez, tal membrana  transparente de un huevo recién puesto. Entonces se produjo un desbande descomunal, cada uno huyó saltando los angostos ventanucos, olvidándose en la confusión rebenques, bolsas o  aperos tirados por tierra o en el costado de la barra.
Otro día, sin que nadie lo llamara con su mente, asombrosamente reapareció de improviso el finado Rosendo, que se llevó el lauro mayor: como era su terrenal costumbre, siempre acompañado  de  su guitarrón  y sin mediar palabras, comenzó a templar  las cuerdas con su ya reconocida ronca  voz. Desde ese momento  volvió a llenar  el vacío producido desde su partida en el espacioso  salón, pero de antemano subió la  apuesta a los parroquianos, al pedirles que no se retiraran despavoridos, sinceramente venía en son de paz social,  queriendo  pasar con ellos ese espacio ganado con el sudor de la frente. No sabía cómo superar la depresión originada en su  solitario vivir y errático deambular, no deseaba  seguir  el derrotero de los demás mortales y  les hizo el siguiente planteo: si logro dar caza y encerrar a todas las ánimas errantes en  la antigua gruta del cerro, ¿me permitirían venir  todas las tardecitas a tocar mi  instrumento ?  
Así fue cómo Rosendo consiguió vencer  su  sufrido destino, ser aceptado, aplaudido y con el trascurrir de los años, la pulpería se fue llenando de ánimas, no en pena, más  bien de  personajes de alta estima y desde entonces el lugar se convirtió en circuito obligado, en una referencia de todas las agendas de turismo que ofrecían  conocer  esa Pulpería como un lugar religioso-cultural, estudiado,  investigado y aceptado como prueba  por todos  los grupos espiritistas del país.                      

lunes, 20 de mayo de 2013

Agustín E. Rodriguez - Mi lugar

                                                   
                                         
Si debo elegir un lugar de la casa, éste en el que estoy ¡No lo cambio por ninguno!
Será porque aquí nací. Cada rincón lo transito diariamente.
Me resulta cálido en invierno y razonablemente fresco en el verano.
Salvo una pared en la que están la ventana y la puerta, las otras tres, están cubiertas por nueve estantes con: libros, porta CD, trofeos y un gran bastidor con fotos.
Sobre el piso: el escritorio con la computadora, el equipo de audio y completa el mobiliario una mesa plegable. Sobre ella: carpetas, textos, bolígrafo y anteojos.

Es inevitable especialmente en noches calurosas, que aparezca alguna visita indeseable como la cucaracha y otras no tanto: mosquitos, polillas y pequeñísimas hormigas voladoras ¡Siento gran placer al recibirlos!

Agustín sólo amenaza con el desalojo. Es que son tantas las horas desveladas que compartimos.
Cuando se queda pensativo con su mirada hacia aquí, siento que soy algo más para él que una arañita rinconera en el cielorraso.






sábado, 18 de mayo de 2013

Raquel Mizrahi - La mesa de los lunes

 
                                                

Juan espera que cambie la luz en la senda peatonal y un aroma cítrico le hace girar la cabeza. Acerca la nariz al cuello de la mujer parada a su lado y cierra los ojos, embelesado.
Cuando frenan los autos, el perfume se desvanece y una mano lo golpea en el hombro.
-Qué hacés Juancito ¿estás en trance?
-¡Hola! -la voz de Héctor saca a Juan de su ensoñación.
-No sabía si despertarte, pero la gente te iba a pasar por encima.
-Es que los perfumes me pueden, no hay caso.
-¿Los perfumes o las minas que los llevan?
-Las minas, ya se sabe, pero esos aromas… me transportan al cielo.
-Ojo, a ver si terminás como el psicópata del libro.

Los dos amigos entran al bar y la mesa de los lunes se completa.
-¿Qué noticias traen de la calle, muchachos? –les pregunta Oscar, que suele llegar una hora antes con el diario bajo el brazo.
-Recién lo pesqué in fraganti a Juan oliéndole el cuello a una mujer.
-Yo odio los aromas penetrantes. Se los tengo prohibido a Norma, que a veces me hace trampa, pero mi olfato es muy sensible. Prefiero los olores naturales, nada de artificios –Eduardo, como siempre, es el primero en opinar.
-A mí me gustan las fragancias sutiles, delicadas, las de los perfumes finolis –dice Oscar mientras busca entre las páginas del diario -. Mirá la Brigitte Soler, ella no se pone cualquier cosa.
-¡Pero si el plástico que tiene encima no le permite absorber nada! –Héctor mira la foto  estirando el cuello –. Aunque hay que reconocer que está bien distribuído.
-Bueno, paren la mano, que si mi hija escucha las cosas que hablamos acá ¡me mata! –Eduardo busca al mozo por el salón llevando la cabeza para todos lados.
-¿Por, desde cuándo tenemos micrófonos? –le pregunta Héctor contrariado.
-Es que me tiene loco con el tema del machismo, la discriminación, la identidad de género y la mar en coche.
-Eduardo: puedo entender lo que te pase con tu hija, en tú casa, pero acá nunca permitimos que las mujeres interfirieran. Los comentarios quedan entre nosotros.
-Bueno, es que justamente iba a pedirles un favor: la nena tiene que hacer una especie de encuesta a hombres de nuestra edad, y me pidió si podía acercarse para hacernos unas preguntitas…
-¡Ah noooo! A mí dejame de encuestas  -Héctor niega con la mano y la alza para llamar al mozo, que como siempre, mira para otro lado.
-Pero qué te cuesta che, te pregunta, le contestás lo que te parece y ella hace el trabajo para la facultad. Necesita encuestar por lo menos a uno, y ya está por llegar.
-¿Ahora?
-¿Acaso no somos amigos? Aparte, mi piba es ubicada. Un buen periodista no ataca al entrevistado, ya me lo dijo.
-Y… ¿de qué versa el trabajo?
-Es sobre la conducta de los hombres con las mujeres, en la calle.
-¡Bueno, para eso lo tenemos a Juancito: un “modelo” de comportamiento masculino! 
Los amigos ríen a carcajadas en la cara de Juan, que los contempla impasible mientras el mozo espera el pedido.


Rita Berté - Bajo la sombrilla azul



 Aurora camina con un objetivo fijo, llegar  al final del serpenteante sendero que la lleve al destino elegido. Está  enredada  en una madeja de pensamientos oscuros que le presagian que si dirige la mirada hacia atrás, retorna  a casa, eso le induce a pensar y repensar si está tomando el camino correcto. Que esta  decisión  no le origine desventuras en el futuro.
 Imagina a su familia preguntándole la razón de tan drástica decisión, a pesar de que a ella la llena de una felicidad casi al alcance de sus manos. Nadie le impedirá obtener lo que le está dictando la conciencia. Su sombrilla azul la acompaña igual que un raido atado que  lleva apretado contra el pecho.
 El cielo se rinde a sus pies y entristecido envía desconsoladas nubes plañideras que la acompañan  durante  la totalidad del recorrido, como imaginando no  verla  jamás como cuando saltaba los charcos de agua en la niñez.
 Los padres al darse cuenta de la huida no imaginan vivir jamás esta aterradora jornada, buscándola en los recovecos más insospechados del pueblo. La angustia  los envuelve  con rostros desencajados, no  dan crédito a tanta desesperación, es como que la tierra se la  hubiese tragado.  Las huellas se desdibujan con la lluvia, es imposible encontrar donde agarrarse para continuar.
 Que pudo suceder para que Aurora se aleje sin dejar siquiera un indicio tras de sí. Intentan repasar las últimas horas vividas, ella no se separaba sin dar aviso sin razones a sus padres.
Dedicaba  sus grises y monótonos días cuidando de los animales de la granja, cultivando todo tipo de plantas en la huerta, obteniendo melodiosos acordes del piano de cola, único lujo en sus sencillas existencias, nada más sucedía que viniese a romper la matemática sucesión de los días.
 Los padres de Aurora se apersonan al comisariato del valle, ninguna novedad, salen diversas patrullas a rastrillar los cerros,  nada de nada, hay que seguir esperando,  no hay otra alternativa más que esperar.                       .
Al año los padres de Aurora reciben correspondencia, con cierta ansiedad observan que la que subscribe es la Priora del Convento Capitalino, para invitarlos a la consagración de  Sor Aida, el domingo próximo a las ocho hs. Están más desconcertados que antes, no dan crédito al escrito, pero  tienen un triste presagio ¿Será  verdad?                                                           
 Al llegar a la capilla comprueban que habían perdido para siempre a su hija, con angustia descubren que sor  Aida, es la adorada Aurora, que ya es mayor y por convicción propia entra al Convento de las Carmelitas Descalzas.                                                     
Es el último retrato visual que se llevan, nunca más la volverán a ver, hablarle, abrazarla. Por una pequeña mirilla una mano les entrega un sobre, al abrirlo comprueban que es la foto del día del casamiento de los padres. Aurora se la había llevado  ese día en que desapareció, cortando así  el último amarre que la unía a este terrenal mundo.
                                                 

jueves, 16 de mayo de 2013

Margarita Rodríguez - Ana no duerme




Su mayor preocupación durante el día era no poder dormir de noche, y… ¡esos dolores! Comienzan con una sensación punzante, que luego se irradia, produciéndole un ardor en todo el brazo. Ese brazo que tantas satisfacciones le diera en su juventud, cuando tomaba la raqueta con la destreza de una amazona empuñando su lanza.
Pero no es solo eso lo que no le permite conciliar el sueño. Con sus sesenta años, aún mantiene el cuerpo erguido y firmes los músculos gracias a que sigue practicando tenis en el club al que representara durante años en torneos nacionales. Los trofeos y diplomas ocupan el lugar más importante en su casa, así como el álbum con fotografías y recortes periodísticos. Las prácticas de los sábados, la mantienen activa y es su oportunidad de reunirse con las pocas amigas que le quedan.
Desde muy temprana edad, su padre la inició en esta actividad, convencido de que la ayudaría con sus problemas de columna. Estos fueron mejorando al desarrollar y dar potencia a sus músculos. También mejoró su autoestima, eso que hace estragos en la pubertad si no se la estimula como es debido. Ana siempre fue muy alta para su edad, y muy delgada. Su condición física y su timidez, la hacían verse cada vez más encorvada. Pero el deporte, altamente competitivo, no solo fortaleció su cuerpo sino también su carácter. Todo para ella era competencia, incluso la relación con su hermana, quién prefería las actividades intelectuales. Los noviazgos no eran duraderos, en parte por los viajes y largas horas de entrenamiento y en parte ´porque para ella, las relaciones sentimentales eran simples conquistas, un trofeo más en la larga lista de sus éxitos.
No podía soportar la estabilidad emocional de su hermana Carmen, dos años mayor que ella.
_No creo que Eduardo te convenga -solía decirle-. Necesitás conocer otros hombres y no quedarte con el primer novio.
Aunque a Carmen se la veía muy enamorada, de alguna forma, la solidez de esa pareja incomodaba a Ana, era algo que tenía que derribar para no sentirse víctima de su propio fracaso.
_Estás abandonando tu desarrollo personal para satisfacer las necesidades de un macho egoísta que solo busca que lo atiendas a él. Si seguís así vas a terminar abandonando tus estudios sólo para quedarte en tu casa criando chicos y vas a extrañar aquello para lo que siempre te preparaste.
Pero Carmen se recibió en Letras, comenzó a hacer docencia e inmediatamente se casó. Ana siguió con sus torneos y exhibiendo sus triunfos. Era la exitosa de la familia, los logros de Carmen, silenciosos, nunca llamaban la atención. Ana quería mucho a su hermana y no quería verla frustrada, llevando una vida tan rutinaria. Pero cuando se cerraba la puerta de su habitación, la que dormía en soledad era ella.
Pasó el tiempo, Carmen ya tenía un hijo de siete años, cuando se le presentó la oportunidad de asistir a un congreso fuera del país. Ana la alentaba:
­_No te lo podés perder, son sólo cuatro días, yo me ocuparé de cuidar a Gaby en tu ausencia. Después de todo es mi único sobrino, andá tranquila.
En el fondo también quería constatar como hubiera sido ella como madre. Se organizaron de tal manera que Eduardo llevaba a su hijo al colegio por la mañana y Ana lo retiraba al mediodía. Lo cuidaba durante la tarde y, a la hora de cenar lo llevaba con su padre. De inmediato, tal vez impulsada por su espíritu de conquista,  quiso probar también cómo le quedaba el papel de esposa. No le fue difícil representar frente al niño el rol de tía cariñosa, que en verdad lo era. Comenzó a ir más temprano a preparar la cena y hasta le contaba cuentos a Gaby para que se duerma, mientras Eduardo lavaba los platos. Al tercer día, viernes a la noche decidió probar también el dormitorio de Carmen, y la madrugada la sorprendió bebiendo café y encendiéndole un cigarrillo a Eduardo.
Por un tiempo la clandestinidad fue su aliada y las competencias su desahogo. No soportaba a Eduardo, pero menos soportaba ver a su hermana feliz, en su mundo de familia y de libros. Se auto engañaba tratando de convencer a Carmen de que su marido no la merecía, claro que se reservó los motivos. Carmen no era ninguna ingenua, percibió la realidad y no le fue difícil desenmascarar el engaño.
Ana nunca se casó, sus torneos se hicieron cada vez más esporádicos y el distanciamiento de la familia, abismal. Hace unos meses le avisaron que su padre estaba padeciendo una grave enfermedad y fue a verlo. Aquel día tuvo oportunidad de cruzarse con Carmen, quien la ignoró como si nunca se hubiesen conocido. El pobre viejo, desde su lecho de muerte le dirigía su última mirada, desprovista del orgullo que otrora le demostrara y cargada de infinita tristeza. Dos días después le dieron sepultura, esa fue la última vez que se cruzó con Carmen y Gaby.

lunes, 6 de mayo de 2013

Raquel Mizrahi - Minerva


                                                             

Le puse Minerva, como la diosa. No puedo llevarla a la escuela y me entristece dejarla sola en el fondo del baúl, pero ella comprende.

- ¿Venís al campito?
- …
- Dejalo, le gusta hacerse rogar.
-No le hagas caso, y si te decidís, ya sabés.

Juan es el más bueno. Hoy quería que fuera con ellos a jugar a la pelota, pero yo no veía la hora de venir a sacarte. Además, eso me aburre.
El otro día les faltaba uno y no tuve más remedio, pero no sé para que insisten si después se quejan: “¡movete!”, “¡dejá de correr como una nena!”, “¿estás en la luna vos?"

-¡Jorgito, abrime!
-Dejame.
-¡Ya está la comida, sabés que no me gusta que te encierres!

- Ese chico no está bien.
-¿Otra vez con lo mismo?, si vos sos la culpable.
-No me vuelvas a decir así, tenés que hablar con él, de hombre a hombre.
-Bueno, eso está por verse…
-¡Qué crueldad!, pensar que cuando te conocí eras tan distinto.

Hoy pasé por la mercería, pero no me animé a comprarte las hebillas ¡Qué tonto, les digo que son para María y listo! Mañana voy. Nos vemos en un rato, oigo pasos…

- ¿Qué buscabas?
- Esas hebillas verdes que tenían ayer en la vidriera…
-¿Las flores o las mariposas?
- Las mariposas con rayitas amarillas.
-¡Ay, qué hombre más detallista!, tiene suerte tu novia.
- No tengo novia, son para una prima.
-¡Bueno, no pongas esa cara, era una broma!

-Qué chico más raro ¿viste qué mal se puso?
-Una ya no se asombra de nada.

Mirate en el espejo ¿Te gustan? Apenas las ví pensé que te iban a hacer juego con el vestido. Lástima que nadie más te pueda ver. Algún día me voy a animar y todo va a ser distinto. 
Oigo pasos…

viernes, 3 de mayo de 2013

Rita Berté - Travesía

                                                     
Travesía a pie, en auto, tren, avión. Te miro y me pregunto  ¿imaginaste alguna vez la travesía que harías hasta llegar a este lugar? ¿Se te cruzó la idea que cambiarías por sucesivas manos, ciudades, casas y paredes?
Levanto la vista y digo “ mis antecesoras, se sentirían conformes del lugar que has sabido ganar en casa". Desde allí, posees el privilegio de observar todos los días del año, un frondoso jardín, ver desfilar el paso de las estaciones en que todo se cubre de bellos colores, para luego dar lugar a jugosas y sabrosas frutas, o ver la desnudez de las copas despojadas de su follaje verde y rojo con el avance del otoño y comienzo del invierno.
¡Al contemplarte, cuánto me dices! E intento hilvanar una historia ¿Qué edad tendría mi prima Santina al pintarte? ¿Habrá ido sola a comprar lo necesario para plasmarte en la tela?  ¿Será que hizo un curso de pintura o tenía la habilidad  de lograrlo sin ninguna ayuda? ¿Qué pasaría por su mente al elegirte como personaje central de su obra?¿Lo habrá hecho por decisión propia o inducida? ¿Quien le orientó a elegir tus colores? En qué lugar de la bella Génova viviría, cerca del puerto donde partimos con mis padres para venir rumbo a Argentina, o quizás en la parte alta de la ciudad.
Tu enhiesto cuerpo, con engalanada corbata tipo renacentista y  sombrero naranja con manchas alunaradas. Te levantó sobre un verde prado y te rodeó de un frondoso bosque.
¿Imaginaste alguna vez, que emprenderías un largo viaje en el fondo de una valija y después de varias horas de vuelo, llegarías a tu segundo destino?                     
Te trasplantaron del Mediterráneo al Plata, pero te ubicaron en un palco de honor “en el gran comedor de Francesca” Fuiste mudo testigo de alegres y bulliciosas reuniones: cumpleaños,  Pascuas, Navidades y comienzo de Año. Escuchaste altercados políticos, sociales, culturales y de mis semanales visitas y charlas con mis padres.
Cómo me gustaría darte el don de humanizarte unas horas y que me cuentes tantos secretos por ti observados y oídos. Veías a Francesca solitaria ir pasito a pasito sentarse frente a la ventana y ver así trascurrir sus días.
La casa de La Plata se fue enmudeciendo, despoblando y vos quedaste allí solitario en la pared. Te vi frágil, solo, nadie prestó atención en vos, no te dieron real valor. Ahora estás en el comedor de casa, serás mi compañía en momentos de euforias y tristezas.
Cada día que me levanto y te veo, me traes el recuerdo de mi madre, tan materna y cuidadosa en el decir, verdadero canto de esperanza a la vida, superadora en el trascurrir de cada jornada y parafraseando una canción de Teresa Parodi llamada  “Como un capullo”. Dice:
                                   Debajo de aquel naranjo
                                   Un sueño se me ha perdido
                                   He vuelto para encontrarlo
                                  Pero no encontré el camino
                                  La casa cerró sus puertas
                                  El patio madre de entonces
                                  Quedó como un cielo baldío